
Reflexiones tras la aprobación de la Ley de matrimonio homosexual
con adopción
Después de la extenuante carrera que tuvo a la
sociedad polarizada y puesta su atención casi con exclusividad
sobre el tema de las desigualdades, finalmente se aprobó
la ley de matrimonio homosexual con adopción en nuestro
país.
Una de las principales lecciones que deja la decisión tomada,
es que cuando los argentinos quieren, - y sólo cuando quieren-,
se comprometen con sus opiniones con pasión, debaten, se
movilizan y ponen todos los recursos necesarios hasta llegar a
un resultado.
¿Que pasaría si nuestros gobernantes, legisladores,
políticos, líderes religiosos y de opinión,
empresarios, estudiantes, profesionales y responsables de los
medios de comunicación, tomaran la decisión de encarar
una lucha sin cuartel y desesperada contra el resto de las desigualdades
que en forma dramática afectan a millones de compatriotas?
Como cambiarían las expectativas ciudadanas si nos comprometiéramos
con la misma pasión a movilizarnos para terminar de una
vez y para siempre con la vergüenza que significa que un
país que puede alimentar al mundo, no pueda asegurar que
otra minoría, en este caso de niños, tenga el alimento
necesario para no morir por desnutrición.
Seguramente nos sentiríamos reconfortados si creyéramos
que en poco tiempo más, mediante una nueva legislación
otra “minoría” compuesta por millones de jubilados,
pudiera acceder a un haber mínimo que le asegure alimentación
y medicamentos como mínimo.
Que bueno sería, sin con el mismo empeño se tomaran
las medidas concretas y necesarias para terminar con el genocidio
de otra “minoría” de adolescentes y jóvenes
que entran en contacto con el paco, antes que con un libro de
texto en la escuela y que no tienen lugar en la sociedad por falta
de oportunidades de trabajo.
Cuanto mejor sería nuestra actitud diaria hacia la vida,
sin con el mismo empeño viéramos que se articulan
políticas, leyes y acciones que terminen con la inseguridad
que crece día a día y parece no tener techo. No
caben dudas que las razones de que aumente son consecuencia del
accionar de otra “minoría” casi condenada por
la marginalidad y el convencimiento de que no hay una vida mejor
sino por el camino del delito.
De poco sirve hablar de minorías y mayorías cuando
el 25,3% de los argentinos vive con menos de ocho pesos por día
y se siente excluido por no poder acceder a lo mínimo y
sin expectativas de futuro.
Creo que como cristianos también debemos sacar nuestras
propias conclusiones.
Así como valientemente defendimos nuestra posición
contraria a la ley, nos movilizamos públicamente por las
calles de las principales ciudades del país, juntamos 600.000
firmas, hicimos hacer oír con argumentos valiosos nuestra
postura en todos los estrados, debemos ahora replicarlo para ayudar
con la misma pasión a terminar con las demás desigualdades
que hoy sufrimos los argentinos.
No convirtiéndonos en un actor político, sino como
activistas comprometidos de una visión integral del Evangelio,
llevando la esperanza del mensaje de Jesús pero también
nuestra acción concreta para terminar con estos flagelos.
No estemos callados ante la injusticia. Exijamos la misma urgencia
y compromiso para terminar con todas las desigualdades. Hagámoslo
desde lo individual creando conciencia entre los que nos rodean
a diario, a nivel institucional desde las iglesias, generando
nuevos canales para la acción, organizándonos y
creando alternativas concretas, y sobre todo exigiendo como nunca
antes a los gobernantes la celeridad y compromiso para conseguirlo.



