L.B.Cowman
ISBN 0829705066
Manantiales en el Desierto
Un devocional que lo llevara a una relacion mas intima con Jesucristo.

Hace más de 40 años salió al mercado un libro que llegaría a convertirse en el favorito de los cristianos del mundo entero: Manantiales en el desierto. Durante sus cuarenta años de existencia, la obra no sólo alcanzó la distribución de varios millones de ejemplares, sino que enriqueció la vida espiritual de millones de individuos alrededor del mundo.
 
Devocional del día 26/09/2026
"Para nuestro provecho" (Hebreos 12:10)

En uno de sus libros Ralph Connor relata la historia de una joven llamada Gwen. Dicha joven era tosca, obstinada y había estado acostumbrada a hacer siempre su voluntad. Un día, como consecuencia de un accidente, se quedó imposibilitada para siempre. Era muy rebelde y constantemente murmuraba. Un misionero conocido entre los montañeses por El Piloto del Cielo la visitó.

Se acercó a ella y le contó la siguiente parábola del desfiladero. "Al principio no había desfiladeros, sino solamente la pradera amplia y abierta. Cierto día en que el Dueño de la Pradera andaba sobre su césped donde solo había hierbas, preguntó a la Pradera: "¿Donde están tus flores?" y la Pradera respondió, "Señor, no tengo simientes."

Entonces él habló a los pájaros y ellos llevaron simientes de todas clases de flores y las esparcieron a lo largo y ancho. Muy pronto en la Pradera florecieron lirios encarnados, rosas, girasoles y muchas otras bellísimas flores. Entonces volvió el Dueño y se puso muy contento, pero echó de menos las flores que más le gustaban, y dijo a la Pradera: "¿Donde están las clemátides y el colombino, las violetas preciosas, los anemones y todos los helechos y arbustos floridos?"

Nuevamente habló a los pájaros y trajeron toda clase de simientes, las cuales rociaron por todas partes. Pero cuando el Dueño volvió, tampoco pudo hallar esta vez las flores que él mas amaba, y dijo:

"¿Donde están mis mejores flores?" y la Pradera respondió con gran pena:

"Oh, Señor, no puedo conservar las flores porque el viento sopla fuerte, el sol me castiga constantemente, y las flores se secan y desaparecen."

Entonces el Dueño habló al Rayo, y con un golpe rapidísimo, el Rayo partió la Pradera por el corazón. La Pradera se balanceó y gimió con gran agonía, y durante muchos días se lamentó amargamente de la terrible herida que había quedado sin cerrar.

Pero el río derramó sus aguas sobre la grandísima grieta que en la pradera se había abierto, arrastrando consigo la rica tierra negra. Los pájaros volvieron y esparcieron los simientes por el desfiladero. Y después de largo tiempo las ásperas rocas se vieron adornadas con musgos suaves y viñas enmarañadas y todos los rinconcitos estaban cubiertos con las clemátiles y el colombino. Grandísimos olmos levantaban sus elevadas alturas a la luz del sol y por debajo de sus pies se arracimaban los cedros cortos y los bálsamos. Por todas partes crecieron y florecieron violetas, enémonas y otras muchas flores, hasta que el desfiladero se convirtió en el lugar favorito del Señor, para descanso, paz y gozo."

Entonces el llamado Piloto del Cielo, leyó a ella: "El fruto - leeré, las flores - del Espíritu son: amor, gozo, paz, mansedumbre, templanza; y algunas de estas solamente crecen en el desfiladero."

"¿Cuales son las flores del desfiladero?" preguntó Gwen con dulzura; y el Piloto contestó: "Bondad, mansedumbre, templanza; pero aunque las otras, amor, gozo, paz, florecen al aire libre, nunca tienen un perfume tan delicioso, ni florecen tan ricamente como en el desfiladero."

Gwen permaneció callada durante un buen rato, y después con labios temblorosos, dijo con tristeza: "En mi desfiladero no hay flores sino solamente ásperas rocas."

"Algún día florecerán, querida Gwen, el Maestro las hallará y nosotros también las veremos."

Amado, cuando entres en tu desfiladero, ¡Recuerda!